sábado, 25 de julio de 2015

Una opinión sobre las tradiciones

Nota: Todo lo escrito en este artículo es una opinión que para nada pretende ofender las creencias de cada cual.


Existen lugares en España en los que opinar de cierto modo de ciertas cosas puede costarte enfrentamientos, amenazas, injurias o como mínimo funestas miradas. Y es que en ocasiones uno puede sentirse como un alumno de la fantasiosa escuela Hogwarts de magia y hechicería, en la que es mejor no hablar de “Aquel que no debe ser nombrado”.

Es así como en este país cualquier actividad que esté enmarcada dentro del término “tradición” goza de una suerte de aura la cual evita que dicha actividad se revise, se replanteé o se ponga en tela de juicio. Este hecho no supondría un problema siempre que estas actividades no acarreasen consigo el sufrimiento y la muerte de seres vivos los cuales no han elegido libremente participar en ellas. Sin embargo, ambos factores, tradición y sufrimiento / muerte, suelen coincidir más de lo que cabría esperar.

Los festejos taurinos, la caza deportiva y el parany son ejemplos que nos muestran cómo bajo el paraguas de la tradición se permite la muerte y el sufrimiento de otros seres vivos a manos del ser humano. Todo esto, por supuesto, amparado la mayoría de las ocasiones por una legislación cómplice de estas prácticas. Así pues, cualquier voz discordante que se escuche suele pasar desapercibida, y si se escucha, se responde “tradición” y queda todo zanjado. En este punto me pregunto, ¿todavía necesitamos matar y hacer sufrir para divertirnos? Dicho así suena macabro, no obstante, es literal. Las actividades antes mencionadas se llevan a cabo por puro esparcimiento y recreo del ser humano, condicionando fatalmente a otros seres vivos y con justificaciones más que rebatibles por parte de aquellas personas que las practican.

Actualmente está totalmente demostrado que animales vertebrados y con sistema nervioso central, especialmente los mamíferos (como los seres humanos, los toros, los conejos o los delfines) experimentan emociones primarias como el miedo, la alegría, la pena y la rabia. Y las experimentan de forma idéntica a cómo las experimentamos nosotros. Este hecho tan revelador parece pasar inadvertido para muchísimas personas, demostrando una vez más la demora en el tiempo que supone realizar un cambio de creencias en nuestra sociedad.

Una justificación habitual que suele escucharse por parte de los simpatizantes de estas prácticas es la siguiente: “Han nacido para esto”. Otra sentencia bastante común también es: “Esto aporta mucho dinero y trabajo”. Ambos argumentos nunca han dejado de sorprenderme. Es curioso comprobar cómo realmente nuestra evolución emocional y de conciencia no es en línea recta hacía arriba, sino en círculos hacía arriba, dibujando un tirabuzón ascendente. Esto permite ver cómo pasamos una y otra vez por las mismas situaciones, que parecen ser distintas pero no lo son, ya que lo único que cambia es la forma, permaneciendo idéntico el fondo. Dicho de otro modo, los toros han nacido para las corridas igual que el negro nacía para servir al blanco, o la mujer al hombre. Los toros aportan mucho dinero y trabajo al igual que lo aporta el narcotráfico, el comercio de animales exóticos o la prostitución. Sé que esto que acabo de escribir suena radical, pero si lo entendemos de forma literal es así. Miles de familias viven del cultivo de la coca en Colombia, o del tráfico de animales en Brasil y África, o de la prostitución en Tailandia, pero ¿justifica eso que se realicen dichas actividades? Por supuesto que no.

En este siglo veintiuno estamos logrando trascender de forma mayoritaria las diferencias étnicas, de raza y de género, viéndonos todos los seres humanos como iguales, sin razón por la cual discriminarnos, sino al contrario. Ahora bien, ¿cuándo podremos ver a los demás compañeros de nuestro planeta sin discriminar negativamente especie o inteligencia? Subamos un peldaño más como humanidad y demos el respeto que se merecen a aquellos que, al igual que nosotros, evolucionaron durante millones de años a nuestro lado, sirviéndonos de alimento, transporte y compañía. No caigamos en la cómoda inercia de la tradición y preguntémonos realmente qué tipo de vida queremos para el mundo y para nosotros mismos. Apostemos por la vida.

viernes, 22 de mayo de 2015

La taza

Vuelvo a estar aquí. En medio de una situación que no elegí vivir. Esta vez me acompañan en la mesa dos hombres de negocios, uno de ellos unos veinte años mayor que el otro, ambos forzando la simpatía.

Si fuese la primera vez que vivo esto quizás diría que están fijando las condiciones de una inminente compra en el que el más joven adquiere la empresa de su contertulio. El potencial vendedor se muestra humilde, cansado ante la vida y pasando el relevo a la generación más joven, pidiendo honestamente la cantidad justa por el fruto de su trabajo, mostrándose más que satisfecho por el descanso que al fin le otorga su jubilación. Por otro lado, el comprador se percibe impaciente, ansioso. Desea firmar ya la tan esperada venta. Sus ojos le muestran el dorado en forma de papel impreso, sus manos sudan y el bolígrafo le baila entre los dedos. Su firma en ese papel equivale a echar al viejo león a dentelladas y, por supuesto, quedarse así con su vasto territorio y su nutrido harén.

No obstante, y dada mi dilatada experiencia en el ámbito de la sobremesa, puedo afirmar que la situación que acontece deja mucho que desear a lo que en realidad se mueve en las profundidades. Al menos en una de las partes.

El joven y vigoroso león es trasparente pese a sus intentos de ocultarlo. Sus intenciones son claras. En cambio, el aparentemente cansado y resignado vendedor está a punto de pagarse su retiro a lo grande. Tras esa máscara de conformismo y desinterés subyace el envenenado ardid que lo catapultará al disfrute de sus últimos años, quizá en Chamonix o el Caribe, quién sabe. En el preciso instante en el que se firme la venta, y a través de un mensaje de móvil, se realizará la trasferencia de una importante cantidad de dinero a su cuenta bancaria, a cambio, por supuesto, del traspaso de toda su cartera de clientes a sus antiguos y, en breves momentos, más competitivos rivales empresariales.

El truco no deja de ser ingenioso; la competencia le paga por información y un ambicioso e inexperto joven le compra una empresa abocada al fracaso. Chapó. Me quitaría el sombrero si pudiese llevarlo.

A pesar de todo, y sin desmerecer la situación que acabo de narrar y en la que me hallo inmerso ahora mismo, prefiero por mucho cuando la suerte tiene el capricho de colocarme en tertulias de bellas mujeres, en las que suelo salir bien sobado y manchado de pintalabios la mayoría de las veces.

Sí, ser una taza y vivir en un céntrico café podría tildarse incluso de trepidante, y perdonadme si os parezco arrogante, pero de verdad os digo que si el novelista que en ocasiones me toma tuviese más en cuenta la opinión de un servidor, dejando de tratarme como un viejo e inerte utensilio de mesa, no tendría necesidad de financiar el colchón que se compró hace dos semanas.

lunes, 14 de julio de 2014

Si iba o venía


"Parece que fue ayer, no era más que uno más, una persona anónima. Cuando hacía con mi vida lo que más me apetecía sin que a nadie le importara si iba o venía, la apariencia que tenía, el polvo que mordía, quién era la chica que mi boca comía".

Jarabe de palo.


martes, 8 de julio de 2014

viernes, 27 de junio de 2014

El diablo poeta


Tanto la amaba, tan fuera de su alcance la veía, que hizo un trato con el ser más pasional y dramático que ha visto la creación. Tanto la amaba que aquella noche lo invocó, y aquel polvoriento y destartalado salón fue testigo de su presencia. Tanto la amaba que el diablo poeta apareció.

El trato era sencillo. El diabólico ser condenaba al apasionado conquistador con la maldición de todo poeta; un corazón de más. A cambio, ella se enamoraba perdidamente de él.

El galán conocía sobradamente los riesgos de tal pacto. Sabía que a partir de ese momento sus emociones se desbordarían sin control alguno, sabía que se haría amante de los extremos, sabía que viviría y moriría por amor. Lo sabía, pero en su mente sólo estaba ella.

Por otro lado, el diablo poeta sonrío satisfecho. Eran las pasiones exacerbadas, los dramas y las profundas melancolías aquello que lo nutrían y lo mantenían con vida. Conocía bien cómo terminaría la historia, lo había visto miles de veces. Célebres obras se escribieron inspiradas en las consecuencias de sus fatales tratos.

Fue así como aquella noche, en aquel preciso instante, tuvo lugar el inicio y el final de su intensa historia de amor.